ECONOMÍA FEMINISTA

La economía feminista se desarrolla casi en paralelo con el pensamiento económico, no obstante que como línea de investigación autónoma, se ha desarrollado en los últimos 30 años.

La palabra clave para comprender la economía feminista, es la “invisibilidad”. En efecto, desde Smith en adelante, la importancia del trabajo doméstico de las mujeres se entiende en la medida que facilita que los hombres puedan ser “trabajadores productivos” y contribuir a la “riqueza de las naciones”, perpetuando la división sexual de roles e impidiendo atribuir valor económico al trabajo femenino.

En efecto, el cuidado es un tema transversal a las sociedades y a las economías, toda vez que es el que permite la reproducción de la fuerza de trabajo y, tradicionalmente ha resuelto asignando dicha tarea a las familias y dentro de ellas, específicamente a la mujer. Así, tener hijos y estar insertas en el mercado laboral, hace una diferencia para las mujeres, no para los hombres, toda vez que las que tienen un empleo, para combinarlo con el cuidado, deben ajustar su tiempo, así destinan menos tiempo al mercado reduciendo su jornada laboral y por tanto su ingreso o bien reducen sus tiempos de descanso y por tanto su calidad de vida.

La economía feminista, en este contexto, se plantea como una crítica a la teoría neoclásica, enfatizando el rasgo androcéntrico del homo economicus, enfocado al beneficio y en relación con el mercado, mientras la mujer permanece en las sombras sustentando el sistema, con lo que busca una visión más holística  que muestre al homo economicus en relación no solo con el mercado, sino que con el entorno, principalmente el familiar, circunstancia que hará visible el rol de cuidado, integrándolo al flujo circular de la renta, como un nuevo elemento que obligue a negociar entre los diversos actores, como su cumplimiento se distribuye entre ellos.

La estratificación socioeconómica también influye sustancialmente en la reproducción y profundización de la desigualdad, esto porque siendo las familias y dentro de ellas, las mujeres, las llamadas al cuidado, en las esferas de mayores recursos, esta labor no remunerada puede ser delegados en terceros, pagando por ello, con lo que su margen de tiempo se amplía, posibilidad que les está vetada a las mujeres de menores recursos, con lo que se introduce un nuevo sesgo de desigualdad.

En síntesis, el trabajo de cuidado constituye un aporte esencial para el funcionamiento del sistema económico, sin el cual, no se podría acumular el capital, el que ha sido tradicionalmente atribuido a la mujer, configurándose como obstáculo para su autonomía económica y, por lo tanto, elemento clave de la desigualdad económica de género.

JESSICA ARENAS

 

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